Se sabe bien con qué brío el indio charrúa, en la época anterior al Descubrimiento, emprendía sus malones. Armados de mazas, rompecabezas y flechas, con plumas de ñandú que ceñían verticalmente en su cabeza, animados de un griterío infernal para infundir espanto y paralizar a sus contrarios, así entraban en los poblados a los que hacían víctimas de su belicosidad.
No menos brío y pujanza demostraron más tarde los gauchos de las montoneras. Jinetes hábiles en potros briosos, sus melenas sujetas por vinchas, en los brazos bronceados fuertes lanzas o tercerolas. Y puede decirse que durante casi un siglo las luchas en nuestras cuchillas se liquidaban finalmente con estas cargas incontenibles de escuadrones de jinetes ante cuya pujanza cedían las resistencias adversarias.
Si faltara todavía una prueba para demostrar que nuestra caracterología coincide con la de nuestros antepasados directos, bastaría observar al conductor montevideano para darse cuenta de que él es representante auténtico en nuestra época de aquellos bravíos antecesores.
Paraos en un esquina de Montevideo a observar el tránsito, y sin esfuerzo reconoceréis en la fisonomía, los gestos y el ímpetu de los conductores montevideanos a sus antepasados indios y gauchos. Llega a la bocacalle, jinete, no ya en un solo corcel, sino manejando veinte caballos humeantes y ruidosos, y al encontrarse en la esquina con otro u otros conductores, aparece el antepasado. Congestionado el rostro, viva y furiosa la mirada, saliente el labio pronto al desafío y el insulto, apretado el puño que con saña aprieta el volante como otrora la maza o la tacuara, cada conductor es un belicoso enemigo de los otros conductores, y cada esquina el escenario de una permanente puja de quién pasa primero en base a la temeridad, la imprudencia, la inconsciencia.
Para que se pueda ver que no exageramos, transcribimos a continuación el juicio que le ha merecido el conductor montevideano al cronista brasileño de la revista "Minuto" publicado en Río de Janeiro y advertimos que en materia de tránsito parecería que los brasileños no deberían sorprenderse por nada. Dice así:
"En Montevideo, un conductor de un auto es un enemigo declarado de otro conductor que encuentra por el camino. Como no sabe quién debe adelantarse, por ejemplo, en un cruce con amplia visibilidad, si ambos vehículos llegan a determinado punto a un mismo tiempo, la colisión es inevitable. El deseo de cada chofer es molestar o perjudicar al otro. Yo manejé sólo un día, regido por el código de ruta de aprobación universal, por el cual debe adelantarse el que avanza por la derecha. En Montevideo cruza el que tiene cara de reyerta. La enemistad entre los conductores hace torturante manejar en esa hermosa ciudad."
Extraído del libro de ISIDRO MAS DE AYALA, Montevideo y su Cerro, publicado en el año 1960.
martes, 26 de enero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario